ESPIRITUALIDAD GUADALUPANA

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SANTA MARÍA DE GUADALUPE

SANTA MARÍA DE GUADALUPE

por  P. Roberto Figueroa Méndez

Octubre 11, 2015

 

Virgen de Guadalupe1

En Agosto de 1521 México Tenochtitlán caía a manos del gran conquistador Hernán Cortés. Después de este acontecimiento, en estas tierras, todo se volvió dolor, aflicción y muerte. Los templos y los ídolos destruidos, la viruela y los “dioses” que no respondieron al llamado de los sacerdotes, pintaron un panorama sin esperanza alguna.

 

Los primeros evangelizadores hicieron un gran esfuerzo por lograr tanto la conversión de los indígenas como la conservación de sus vidas. Prácticamente todo este esfuerzo fue en vano, ya que pocos aceptaron la fe en Jesucristo. La incongruencia de vida de los españoles, “la buena nueva” anunciada por los frailes (que para los sabios aztecas lo nuevo era sinónimo de mentira) y la “gran depresión” en la que se encontraban los conquistados, hicieron de la titánica labor de los primeros franciscanos algo prácticamente sin sentido.

 

En 1528 llegó el primer Obispo de México Fray Juan de Zumárraga. Él fue elegido por el Emperador Carlos V como “protector de los indios”. El Gobernante Sacerdote luchó incansablemente por la dignidad de los habitantes de estas tierras. En una ocasión, por defenderlos, estuvo a punto de ser asesinado a manos de un español.

 

Poco lograron los devotos frailes, ya que la avaricia de los españoles unida al odio de los mexicas, hacían imposible la convivencia y el mestizaje. El pueblo azteca estaba condenado a desaparecer ya que la tristeza, la depresión y la muerte se veían por todas partes.

 

Sin embargo, la historia de nuestra Nación cambió totalmente el 12 de Diciembre de 1531. En el cerro del Tepeyac, se dio el encuentro maravilloso entre Dios y los moradores de estas tierras, por mediación de la Virgen Santísima.

 

Santa María de Guadalupe se hizo ver de un indito llamado Juan Diego; y después se apareció su preciosa Imagen delante del Obispo Fray Juan de Zumárraga. Entre Flor y Canto, la Señora del Cielo manifestó su amable aliento, su amable palabra.

 

Esto ocurrió así: el 9 de Diciembre de 1531, Juan Diego iba muy temprano camino de Tulpetlac a Tlatilolco a escuchar las enseñanzas de los sacerdotes. Y sucedió que al llegar al cerrillo del Tepeyac oyó cantos, como de pájaros que sobrepujaban al del coyoltotl y del tzinizcan. Maravillado, Juan Diego pensó que estaba en la tierra del sustento, de las flores y del maíz; creyó haber entrado al paraíso que contaban sus antepasados. Entonces, oyó una voz suave y tierna: Juantzin, Juan Diegotzin. Inmediatamente subió muy contento a la punta del cerro y fue ahí donde se encontró con la Señora del Cielo, quien amablemente le invitó a que se acercara.

 

Ella le dijo: Juanito, Juan Dieguito, el más pequeño, ¿a dónde vas?. Y él le contestó: a tu casita de México Tlatilolco a escuchar las enseñanzas de los sacerdotes de nuestro Señor. María le dijo: Sábelo, ten entendido, que yo soy la Perfecta Siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios, Ipalnemohuani, In Teyocoyani, In Tloque Nahuaque, In Ilhuicahua in Tlalticpaque. Mucho deseo que en el llano del cerrillo se me construya mi “casita sagrada” donde lo mostraré, lo manifestaré y lo daré a conocer con todo mi amor persona, en mi mirada compasiva, en mi auxilio y salvación. Porque allí escucharé su llanto, su tristeza, para remediar y curar todas sus diferentes penas, sus miserias y sus dolores.

 

Anda al palacio del Obispo de México y le contarás puntualmente todo lo que has visto y admirado, lo que has oído.

 

Juan Diego se fue muy contento, llegó con dificultad a donde se encontraba el Obispo, quien le escuchó, pero no le creyó y le dijo: “otro día vendrás”. Juan Diego regresó a donde estaba la Señora del Cielo y le contó todo. Con tristeza hizo la súplica de que fuera un noble quien se presentara ante el Obispo, porque él no era mas que un hombre del campo, un mecapal, una parihuela, ala, que él mismo necesitaba ser llevado a cuestas por otro.

 

Sin embargo, la Reina del Cielo le insistió que debía ser Juan Diego quien llevara el mensaje y le dijo: “mañana irás ante el Obispo y le dirás mi deseo, mi voluntad”. Juan Diego accedió con agrado. El domingo,  después de Misa, se entrevistó con el Obispo, quien con muchas preguntas le cuestionaba sobre las apariciones. Juan Diego contó todo exactamente como la Niña, la Reina se lo había dicho. El Obispo pidió una señal para creer. Juan Diego salió directamente al Tepeyac, pero en esta ocasión seguido de los servidores del Obispo para ver con quien se estaba entrevistando. Al pasar la calzada se les desapareció. Los sirvientes, molestos, regresaron con el Obispo y le pidieron que castigara y azotara a Juan Diego porque era un indio mentiroso.

 

Mientras tanto Juan Diego llegó ante la Santísima Virgen y le expuso que el Obispo necesitaba la señal. Ella le contestó afirmativamente: “mañana vendrás por la señal con la cual el Obispo ya no dudará que yo, personalmente te envío”.

 

Al llegar Juan Diego a Tulpetlac se encontró con que su tío estaba grave por la peste. Todo el lunes estuvo buscando a alguien que le curara, pero todo fue en vano. Por la noche, Juan Bernardino le dijo a su sobrino que vaya de noche a Tlatilolco por un sacerdote para que le confiese y prepare.

 

Juan Diego, envolviéndose en su Tilma, ya que hacía mucho frío, salió directo para Tlatilolco. Pero, para que no lo detuviera la Señora desvió el camino. ¡Cual fue la sorpresa que La Virgen Santísima le atajó y con dulzura le pregunto: Juanito, Juan Dieguito, ¿a dónde vas?! Avergonzado y temeroso, quiso desviar la atención, pero después no tuvo mas que presentarle su preocupación: su tío está muriendo. Y fue en ese momento cuando surgieron de los labios purísimos de María las expresiones más hermosas que conocemos de la narración: “¿No estoy yo aquí que tengo el honor y la dicha de ser tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?, ¿tienes necesidad de alguna otra cosa?” … tu tío ya está bueno”. Juan Diego se puso muy contento.

 

La Niña le dijo: “subirás al cerrillo y encontrarás variadas flores, córtalas y tráelas a mi presencia”. Así lo hizo y al regresar, la Señora Celestial, tomando las flores con sus manos, las colocó en la Tilma de Juan Diego y le dijo: “Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Rigurosamente te mando que sólo delante del Obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Y le contarás todo puntualmente, le dirás todo lo que viste, escuchaste y admiraste”.

 

Juan Diego, fue directamente al palacio del Obispo y después de lo difícil que le resultó entrar contó todo al Gobernante Sacerdote y le dijo: “Señor mío, Gobernante, ya hice, ya llevé a cabo según me mandaste; le pedí a la amada Madre de Dios, la prueba que necesitas para creerme, para que hicieras su casita sagrada, en donde te la pedía y escuchó por bien tu aliento, tu palabra y recibió con agrado tu petición para que se haga su amada voluntad”. Le explicó Juan Diego puntualmente todo lo que vio y escuchó y entregó la señal”.

 

Al punto cayeron las flores al suelo y fue ahí cuando de pronto apareció la Imagen de nuestra Señora Celestial en la tilma de Juan Diego. El Obispo cayó de rodillas y con lágrimas en los ojos, se puso nuevamente en pie y retiró la Tilma de los hombros de Juan Diego. Luego, colocó la bendita Imagen en su oratorio personal. Días después la trasladó al templo principal, ya que venían de todas partes a ver la Imagen de nuestra Patroncita, nuestra Muchachita, nuestra Reina y Señora.

 

Mientras sucedían estas cosas, la Señora se le apareció a Juan Bernardino en Tulpetlac, lo sanó y le dijo: “bien así habrán de llamarme, bien así habrán de nombrarme: LA PERFECTA VIRGEN SANTA MARÍA DE GUADALUPE”. Y desde ese momento hasta hoy, en México, así le nombramos a la Niña Celestial, nuestra Reina y Señora, Madre de los mexicanos y de todos. Dios, a través de Santa María de Guadalupe, ha rescatado al Pueblo que estaba a punto de morir (como a Juan Bernardino) y lo que años atrás todo era muerte, ahora en Santa María de Guadalupe es alegría y vida. María de Guadalupe es el “cause del agua” y el Agua Viva que corre a través de Ella, es Jesucristo, el verdaderísimo Dios por quien se vive.       ¡VIVA LA VIRGEN DE GUADALUPE!

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