ESPIRITUALIDAD MARIANA

ARTICULOS

MARIA, MEMORIA PNEUMATOLOGICA DE LA IGLESIA

Por Juan Esquerda Bifet

Catedrático emérito, Pontificia Universidad Urbaniana. Roma

La Anunciación Del Señor. Digital image. Santoral Catolico. N.p., n.d. Web. 28 Oct. 2015.

La Anunciación Del Señor. Digital image. Santoral Catolico. N.p., n.d. Web. 28 Oct. 2015.

 

La “memoria” de la Iglesia, al incluir a María, hace realidad su propia naturaleza de asociada a Cristo Redentor: “La Iglesia, reflexionando piadosamente sobre ella y contem­plándola en la luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración entra más profundamente en el sumo misterio de la Encarnación y se asemeja más y más a su Esposo” (RMa 30). Efectivamente, “la contemplación de la Madre de Dios nos introduce en una comprensión más profunda del misterio de la Encarnación” (ibídem). Precisamente al vivir esta “memoria”, nos adentramos más en “el misterio de la Iglesia y de la función de María en la obra de salvación” (ibídem).

 

Esta “memoria” mariana de la Iglesia desvela el significado salvífico y pneumatológico de “la especial presencia de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia” (RMa 48). Se trata, efectivamente, de su “influjo salvífico” (LG 60), como cuando, con su presencia y saludo, fue instrumento de la acción del Espíritu Santa en la santificación del Precursor (cfr. Lc 1,41ss, en relación con Lc 1,15.). Así se comprende y vive mejor “la presencia materna de la Madre de Dios, porque ella permanecerá siempre indisolublemente unida al misterio del Cuerpo Místico”.[1]

 

¿En qué sentido, pues, se puede hablar de María como “memoria pneumatológica” de la Iglesia? ¿Cuál es su alcance práctico y concreto? Habrá que tener en cuenta la relación de María con el Espíritu Santo, analizar la dimensión pneumatológica de la actitud mariana de la Iglesia, profundizar en los aspectos de discernimiento y fidelidad al Espíritu, ver la relación con la maternidad eclesial y con su caminar histórico hacia el encuentro definitivo con el Señor. Mirando a María, “la gran señal” (Apoc 12,1), la Iglesia llegará a ser la esposa que llega preparada a las bodas del Cordero: “El Espíritu y la Esposa dicen: «Ven»… ¡Ven, Señor Jesús!” (Apoc 22,17.20).[2]

 

 

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