HOMILIAS

Sábado de la 19ª semana del Tiempo Ordinario

GUADALUPE – PEQUEÑEZ (Mt. 19, 13-15)

Sábado de la 19ª semana del Tiempo Ordinario

Por Pbro. José Esteban Rosado, M.Sp.S.

Transcrito por Hna. María Candelaria Hernández Estrada, M.G.Sp.S.

 

Julio 13, 2016

 

      GUADALUPE PEQUEÑEZ

 

Ezequiel 18,1-10.13b.30-32

Salmo 50,12-13.14-15.18-19

Mateo 19,13-15

 

 

En este día, la Palabra nos habla de la pequeñez, de la grandeza de lo pequeño.

 

Este texto que hemos escuchado el día de hoy, también se conoce como el magníficat de Jesús, así como la Santísima Virgen tiene su magnificat «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador» etcétera, también se conoce este texto como “el magnificat de Jesús”, donde Jesús dice: «yo te alabo, Padre, Señor», etcétera, lo que ya escuchamos, de manera que quisiera invitarles a que, en este día, nos permitamos escuchar al Papa Francisco, hablando del lugar de la Santísima Virgen en nuestros corazones, en nuestra vida y nuestra responsabilidad en relación con los pequeños.

 

Dice el Papa: «María, la mujer del sí, también quiso visitar a los habitantes de esta tierra de América en la persona del indio San Juan Diego. Y así como se movió por los caminos de Judea y Galilea, de la misma manera caminó al Tepeyac, con sus ropas, usando su lengua, para servir a esta Nación. Y así como acompañó la gestacion de Isabel, ha acompañado y acompaña la gestación de esta bendita tierra mexicana»[1].

 

Recordemos que es cuando la fe está empezando a surgir en México, cuando ella se hace presente, «Así como se hizo presente al pequeño Juanito, de esa misma manera se sigue haciendo presente a todos nosotros; especialmente a aquellos que como él sienten “que no valían nada” (cf. Nican Mopohua, 55) Esta elección particular, podemos decir esta elección preferencial, no fue en contra de nadie sino fue a favor de todos. El pequeño indio Juan, que se llamaba a sí mismo “mecapal, cacaxtle, cola, ala, sometido a cargo ajeno, se volvía de pronto el “embajador, muy digno de confianza”»[2]. Así dice el Nican Mopohua.

 

«Todos somos necesarios, especialmente aquellos que normalmente no cuentan y no cuentan por no estar a la – altura de las circunstancias – o porque no aportan hoy, el capital necesario – para la construcción de las circunstancias actuales. El Santuario de Dios – dice el Papa – es la vida de sus hijos, de todos y en todas sus condiciones, especialmente de los jóvenes sin futuro expuestos a un sinfín de situaciones dolorosas, riesgosas y la de los ancianos sin reconocimiento, olvidados en tantos rincones del mundo. El santuario de Dios son nuestras familias que necesitan de los mínimos necesarios para poder construirse y levantarse. El Santuario de Dios es el rostro de tantos que salen por nuestros caminos…»[3]

 

«Por eso miramos a la Madre con ojos que dicen: son tantas las situaciones que nos quitan la fuerza, son tantas las situaciones que hacen sentir que no hay espacio para la esperanza, para el cambio, para la transformación.

 

Por eso creo que hoy nos puede hacer bien un poco de silencio, (y esto es lo que quisiera invitarles que fuera nuestro día de hoy, mirar a la santísima Virgen, a nuestra Virgen de Guadalupe) mirarla mucho hoy, mirarla calmadamente y decirle como lo hizo aquel, aquel otro hijo que la quería mucho»[4].

 

Hay un himno de la liturgia que dice así, me permito leerlo, el Papa lo leyó y me permito leerselos ahora:

 

«Mirarte simplemente, Madre,

dejar abierta sólo la mirada;

mirarte, mirarte toda sin decirte nada,

decirte todo, mudo y reverente.

 

No perturbar el viento de tu frente;

sólo acunar mi soledad violada,

en tus ojos de Madre enamorada

y en tu nido de tierra transparente.

 

Las horas se desploman; sacudidos,

muerden los hombres necios la basura

de la vida y de la muerte, con sus ruidos.

 

Mirarte, Madre; contemplarte apenas,

el corazón callado en tu ternura,

en tu casto silencio de azucenas.»[5]

 

Y continúa el Papa y en silencio y en este estar mirandola, escuchar, una vez más, que nos vuelve a decir: «¿qué hay hijo mío, el más pequeño? ¿Qué entristece tu corazón?

 

Recordemos el Evangelio dice: «Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla» Y vemos a María hablando a los sencillos, a los pequeños: Acaso ¿no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu Madre? En ella nos dice que tiene el honor de ser nuestra Madre, eso nos da la fuerza de que las lágrimas de los que sufren no son estériles, son una oración silenciosa que sube hasta el cielo y que María encuentra siempre un lugar en su corazón, en su manto.

 

En ella y con ella, Dios se hace hermano y compañero de camino, carga con nosotros las cruces para no quedar aplastados por nuestros dolores. Dice la Virgen de Guadalupe: «Acaso ¿no soy yo tu Madre, no estoy aquí? No te dejes vencer por tus dolores tristezas» Nos dice hoy nuevamente, nos vuelve a enviar como a Juanito, hoy, nuevamente nos vuelve a decir sé mi embajador, se me ha enviado a construir tantos y nuevos Santuarios, acompañar tantas vidas, consolar tantas lágrimas, tan solo camina por los caminos de tu vecindario, de tu comunidad, de tu parroquia, como mi embajador, como mi embajadora. Levanta Santuarios compartiendo la alegría de saber que no estamos solos, que ella va con nosotros. Sé mi embajador – nos dice – dando de comer al hambriento, de beber al sediento, da lugar al necesitado, viste al desnudo, visita al enfermo, socorre al que está preso, no lo dejes solo, perdona al que te lastimó, consuela al que está triste, ten paciencia con los demás y especialmente pide y ruega a nuestro Dios.

 

Y en silencio, le decimos lo que nos venga al corazón, decírselo hoy. «Acaso ¿no soy yo tu Madre? Acaso ¿no estoy yo aquí? Nos vuelve a decir María hoy, Anda a construir mi Santuario, ayúdame a levantar la vida de mis hijos, que son tus hermanos.

 

Dejemos que esta palabra del Papa Francisco, nos acompañe en este día, que la Santísima Virgen tenga un lugar especial en este día, en nuestro corazón, experimentémonos pequeños, dejemos de lado nuestras grandezas, experimentémonos pequeños y, entonces, nos experimentaremos también hijos de esta Madre entrañable.

 

Con esta actitud, les invito en nombre del Señor, a que el día de hoy nos unamos en nuestra santa Misa.

 

[1] Homilía del Papa Francisco en la Basílica de Guadalupe, 14 de febrero, 2016

[2] Ibid

[3] Ibid

[4] Ibid

[5] Ibid

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