HOMILIAS

Sábado de la 11ª semana del Tiempo Ordinario

CADA DIA TIENE SU AFAN (Mateo 6: 24)

Sábado de la 11ª semana del Tiempo Ordinario

Por Pbro. José Esteban Rosado, M.Sp.S.

Transcrito por Hna. María Candelaria Hernández Estrada, M.G.Sp.S.

Junio 18, 2016 –

 

      cada-da-tiene-su-afan

 

2 Crónicas 24,17-25

Salmo 88,4-5.29-30.31-32.33-34

 

Mateo 6:24. Digital image. Virtud De La Benignidad. N.p., n.d. Web. 22 Oct. 2016.

Quisiera invitarles ahora, a que nos fijasemos nada más, en los últimos dos renglones del Evangelio que hemos escuchado el día de hoy, dice: «cada día  tiene su propio afán». ¿Qué es lo que nos sucede muchas veces a nosotros? ¿Cuál es el gozne que unifica armoniosamente dos líneas de nuestra vida, el ser mujer, el ser hombre de Dios, más unido a Dios que el esposo más amante, a aquella esposa que ama y hombre de la humanidad, más atento a la humanidad que la madre más maternal que pueda existir?

 

Ese gozne, no es otro que el instante presente, es el momento en el que Dios y mi acción se encuentran y se unen. Es ese minuto fugitivo, que siempre es actual, que me es dado, para que en él adquiera mi vida peso y dimensión de eternidad, para eso es el instante presente.

 

Me permito citar a Pascal, pensador francés, que dice lo siguiente: «No nos atenemos nunca al tiempo presente. No nos atenemos, anticipamos el futuro como si fuera demasiado lento en llegar, como para acelerar su curso; o recordamos el pasado como para detenerlo, porque se va demasiado rápido, somos tan imprudentes que vagamos por tiempos que no son los nuestros y no pensamos en el único tiempo que nos pertenece, somos tan vanos, que pensamos en los tiempos que ya no existen y dejamos pasar sin reflexión el único tiempo que existe para nosotros. Es que el presente, lo que sucede de ordinario, el presente de ordinario nos lastima, nos hiere, nos pesa. Lo ocultamos a nuestra vida porque nos lastima y si nos es agradable, entonces nos lamentamos de tener que pasar de él, de alguna manera lastima, que cada cual examine sus pensamientos los encontrará completamente ocupados o en el pasado o en el futuro, apenas si pensamos en el presente y si pensamos en él no es más que para tomar su luz en orden a disponer del futuro. El presente, no es jamás nuestro fin, de esta manera no vivimos nunca, sino que esperamos vivir y preparándonos para ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca, ¿llegaremos alguna vez a escapar de esta doble atracción fundamental del pasado y del futuro?»[1]. Hasta aquí Pascal.

 

Jesús, con su modo de Dios, con su manera de Dios, nos enseña a hacerlo en menos palabras que Pascal y con mucho más fuerza, dice: «deja a los muertos sepultar a sus muertos», el pasado. «No se inquieten por el día de mañana, porque el día de mañana ya se inquietará de sí mismo, cada día tiene su afán», texto de hoy.

 

Pero Jesús no se contenta con decirlo. Jesús nos descubre el secreto que nos permite escapar de esas dos atracciones que nos fascinan, que son el pasado y el futuro y ese secreto más seductor que aquellas atracciones, es la presencia de Dios en el instante presente.

 

Las palabras de Jesús, llevan estabilidad, llevan paz, son abundantes, dice: «mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra» también dice Jesús: «he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» y esta unión, esta adhesión a la voluntad del Padre, trae consigo la presencia misma del Padre y esto, hasta ahora, hasta la hora misma de la cruz, por eso dice Jesús, en el capítulo 8 de San Juan: «cuando levanten en alto al Hijo del Hombre, entonces conocerán que yo soy y no hago nada por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que es de su agrado» -dice Jesús-

 

Con esto Jesús, nos hace prestar atención a lo que va a dar a nuestras vidas en cada instante, una plenitud total, siempre nueva, sin rutina, sin monotonía. Hermanos, y es que el tiempo no nos llega vacío, los instantes no nos llegan vacíos, el tiempo normalmente nos llega, a cada instante, bajo la forma de una ocupación concreta, por ejemplo, 8 o 10 horas de trabajo, con órdenes y gestos positivos a cada minuto, la hora de la oración, la hora del momento con la comunidad, estos gestos, esa oración, esa comida en común, podemos vivirlos o recibirlos en su consistencia propia, no ver en ellos otra cosa que la que muestran inmediatamente o bien, puedo recibirlos viendo más allá de su apariencia, viéndolos como la voluntad de Dios, que adopta la forma de esta acción concreta que se me propone vivir ahora.

 

Los acontecimientos me llegan, entonces literalmente como un presente de Dios, un presente como con un doble sentido: es presencia de Dios y es regalo de Dios, este instante presente me llega portador de Dios, para que me haga existir, pero me llega también arropado en una acción que se me ofrece y que se me propone hacer, tan sencillo como puede ser: hacer la cama, celebrar la Misa, limpiar unas legumbres, comulgar, esperar el autobús, hacer oración, la acción que en este instante se me ofrece es la presencia que adopta Dios en mi vida, la voluntad de Dios en mi vida.

 

En el minuto, que precedió al segundo más solemne de la historia del mundo, cuando el Ángel le explica a la Virgen María, el poder del Altísimo, te cubrirá con su sombra.

 

El Ángel sabe muy bien, que estas palabras, para María, son un recuerdo de la oscuridad luminosa de la nube del Éxodo, signo de la presencia de Dios y al mismo tiempo, oscuridad en el camino, es igualmente, traer a la memoria la gloria de Dios sobre el arco, de esta manera, para la Virgen, igualmente para nosotros en las acciones más sublimes, al igual que en las más ordinarias de nuestra vida, la presencia de Dios llega envuelta en la sombra, oculta bajo la sombra del gesto familiar que se nos pide en esta hora concreta, y esto es lo que necesitamos aprender a reconocer en primer lugar y después de reconocerlo, amarlo con todo el corazón y a cultivarlo con cuidado.

 

Este instante concreto, nos llega portador de Dios y, bueno, guardando las debidas proporciones, es tan cierto, respecto a la Virgen, en el momento de la anunciación, como respecto al momento en que Dios me pide que limpie mis zapatos cada día, es decir, en cada instante, con las cualidades que tenga.

Esta actitud, no es una espiritualidad que se puede elegir o no, según la escuela a la que se pertenezca, si se pertenece a la escuela franciscana, a la escuela de la espiritualidad de la Cruz o a la escuela dominicana o a la escuela carmelitana, sino al sencillo reconocimiento del encuentro de Dios, vivimos esa gran verdad en Dios, Dios y su voluntad, son lo mismo.

 

Adherirnos amorosamente a la voluntad de Dios, es adherirnos a Dios, es hundirnos en Dios. No olvidemos – como decía el Padre Félix de Jesús Rougier – «hacer la voluntad de Dios, esa es la perfección y la más alta perfección» No hay Dios en sí mismo, por un lado y su acción y sus designios por otro, de tal manera que en un instante dado, se pudiera amar a Dios y no aceptar su voluntad. Esto nos sucede, a veces, con las personas, con los humanos, nosotros y con las personas que amamos, pero esta disociación es imposible con las personas de Dios: Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, porque en ellas lo que son y lo que quieren forman un todo indisoluble.

 

Dios es puro amor y este amor, desde el momento en que se dirige a otro distinto de él mismo, es creador de ese otro o de cualquier otra cosa en ese otro, rechazar lo que Dios hace o crea, es rechazar a Dios mismo, porque el amor de Dios a nosotros, siempre es y será un amor creador.

 

Lo que nuestro padre y nuestra madre hicieron en esa fracción de segundo en que nos dieron la vida, lo hace Dios con cada criatura a lo largo de todo el tiempo que dura su existencia.

 

Hermanos, existimos, yo existo, en el instante presente solamente, porque Dios me hace participar de su existencia y su amor se traduce en aquello que se me propone, cada instante es una creación continuada de parte de Dios.

No andemos por tiempos que no son los nuestros, el pasado no es nuestro, ya pasó, el futuro tampoco es nuestro, lo único que nos pertenece es el instante presente y sólo en ese instante nuestra vida puede ir adquiriendo peso y dimensión de eternidad.

 

Con esta actitud les invito, en el nombre del Señor, a que el día de hoy nos unamos en nuestra santa Misa.

 

[1] Blaise Pascal. Pensées et Opuscules (Br, 172)

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